
Hay centros comerciales que la gente visita y hay otros que la gente reclama como propios. Unicentro Cali pertenece claramente al segundo grupo: no es solo el lugar donde el sur de la ciudad hace sus compras, sino un espacio que aparece una y otra vez en los recuerdos de infancia de varias generaciones de vallecaucanos. Entender por qué genera ese tipo de apego exige mirar más allá de sus locales comerciales y fijarse en los detalles —algunos entrañables, otros simplemente curiosos— que lo convirtieron en algo más que un mall.
Esa distinción importa porque explica por qué, cuatro décadas después de su apertura, Unicentro Cali sigue apareciendo en conversaciones familiares, publicaciones de nostalgia en redes sociales y crónicas de prensa local cada vez que se cumple un nuevo aniversario. Ningún centro comercial logra ese tipo de permanencia emocional solo por tener buenas tiendas; algo más tuvo que pasar en el camino para que un espacio comercial se volviera, literalmente, parte de la memoria colectiva de una región entera.
Unicentro Cali abrió sus puertas el 25 de noviembre de 1980, sobre un lote de 90.000 metros cuadrados que hasta entonces había pertenecido al Ingenio Meléndez, uno de los ingenios azucareros que definieron la vocación agrícola del Valle del Cauca durante buena parte del siglo veinte. El proyecto llegó de la mano de Pedro Gómez Valderrama, constructor que ya había probado el modelo con éxito en Bogotá y que decidió apostarle a Cali como el siguiente paso natural de expansión, convocando a un grupo de inversionistas para desarrollar lo que en ese momento se planteó como una verdadera "ciudadela comercial", no simplemente un edificio de tiendas.
Ese cambio de vocación del terreno —de caña de azúcar a comercio— resume bastante bien la transformación económica más amplia que vivió el Valle del Cauca en esas décadas, cuando el sector agrícola empezó a compartir protagonismo con un comercio urbano cada vez más fuerte. Para los habitantes del sur de Cali, en particular de sectores como Ciudad Jardín y Pance, que en ese momento apenas empezaban a consolidarse como zonas residenciales, la llegada de Unicentro Cali significó tener por primera vez un punto de encuentro comercial cercano, sin depender de desplazarse hasta el centro de la ciudad para resolver cualquier necesidad de compra.
El concepto de "ciudadela" no era casual ni puramente retórico: desde el diseño original, el proyecto buscaba replicar la lógica de una pequeña ciudad autosuficiente dentro de la ciudad, con oficinas, bancos, zonas de entretenimiento y servicios que fueran más allá de la simple venta de productos. Esa ambición inicial terminaría marcando el rumbo de todas las expansiones posteriores del complejo durante las siguientes cuatro décadas.
Si hay un símbolo que resume el vínculo emocional entre Unicentro Cali y sus visitantes, ese es el trencito infantil que empezó a operar dentro de sus instalaciones en noviembre de 1984. No fue un juego más entre docenas de atracciones: para buena parte de los niños que crecieron en el sur de Cali durante los años ochenta y noventa, subirse a ese pequeño ferrocarril mientras sus padres hacían las compras del fin de semana se convirtió en un ritual casi obligado, del tipo de recuerdo que décadas después la gente sigue mencionando espontáneamente al hablar del centro comercial.
Ese tipo de detalle explica algo que las cifras de metros cuadrados o número de locales no logran capturar del todo: Unicentro Cali no compitió únicamente por ser el centro comercial más grande o más moderno del sur del país, sino por convertirse en escenario de momentos familiares que la gente sigue recordando mucho después de haber dejado de ser niños. Es la diferencia entre construir un espacio comercial eficiente y construir un lugar que termina formando parte de la identidad de una ciudad.
Con el paso de los años, ese mismo fenómeno se ha repetido con otros hitos del complejo: la remodelación de las salas de Cine Colombia en 2007, coincidiendo con el Campeonato Mundial de Patinaje que la ciudad organizó ese año, o el encendido de la fuente del Oasis en 2008, justo cuando Cali celebraba la medalla olímpica de la deportista Jackeline Rentería. Unicentro Cali terminó entrelazando su propia cronología con los grandes momentos deportivos y culturales de la ciudad, algo que refuerza todavía más esa sensación de pertenencia compartida entre el centro comercial y la historia local.
Entre los detalles más curiosos y menos publicitados de Unicentro Cali está la presencia de un grupo de gatos que habitan permanentemente sus instalaciones, cuidados de manera especial por el personal del centro comercial. No es una atracción diseñada ni un elemento de mercadeo calculado: es, más bien, una convivencia que se fue dando con el tiempo y que la propia administración terminó por adoptar como parte de la identidad del lugar, presentándola como una invitación a que los visitantes se conecten con los seres vivos y el entorno natural que rodea al complejo.
Ese gesto, aunque menor en apariencia, dice bastante sobre el tipo de relación que Unicentro Cali ha buscado construir con su comunidad: no la de un espacio puramente transaccional, sino la de un lugar que se permite convivir con lo inesperado, incluso cuando eso significa compartir pasillos y zonas verdes con un grupo de gatos que ningún plan de negocios original contemplaba. Es, en cierto modo, la misma lógica que llevó a la administración a incorporar campañas de reciclaje desde 1999, cuando la primera jornada de recolección reunió cerca de 149.000 kilos de vidrio y otros residuos, cuyos fondos sirvieron para adquirir un vehículo ambulancia destinado a atención animal. Ese vínculo entre comercio, comunidad y cuidado del entorno se ha mantenido como un hilo conductor poco habitual entre los grandes centros comerciales del país.
La remodelación integral que se llevó a cabo entre 2011 y 2014 marcó otro punto de inflexión en la identidad de Unicentro Cali. En lugar de optar por una renovación convencional, el proyecto incorporó una arquitectura bioclimática que priorizó la iluminación natural, el uso del agua como elemento de frescura —con 64 fuentes distribuidas por el complejo— y, sobre todo, una decisión poco habitual en proyectos comerciales de esta escala: diseñar los pasos de las cubiertas y techos alrededor de las ramas de los árboles existentes, en lugar de talarlos para simplificar la construcción. Hoy el complejo cuida cerca de 486 árboles bajo ese mismo principio.
Esa decisión de diseño tuvo un costo mayor al de una construcción estándar, tanto en tiempo como en complejidad de ingeniería: es considerablemente más simple planear una estructura sobre un terreno despejado que adaptar cada cubierta a la forma irregular de árboles ya crecidos. Que la administración haya optado igualmente por ese camino, en plena etapa de expansión comercial, sugiere que la relación con el entorno natural no era solo un argumento de mercadeo, sino una prioridad real dentro del proyecto de remodelación.
El resultado de esa apuesta fue el Edificio Oasis, inaugurado en 2007 e inspirado, según los arquitectos ganadores del concurso de diseño, en la arquitectura de Dubái. Su cubierta terminó ganando un premio mundial de diseño en 2009 por lograr regular la temperatura interior hasta 1,5 grados por debajo del resto de la construcción, un logro técnico que en Cali —una ciudad de clima cálido durante todo el año— tiene un valor práctico difícil de exagerar. La fuente central del Oasis, encendida por primera vez en 2008, se convirtió rápidamente en uno de los puntos de foto más buscados por los visitantes del complejo, y sigue siendo, más de una década después, uno de los rincones más reconocibles de todo Unicentro Cali.
Más allá de lo emocional, Unicentro Cali también se consolidó como uno de los principales motores económicos del sur de la capital vallecaucana. Desde su fundación, ha destinado inversiones que superan el billón de pesos en ampliaciones sucesivas, un crecimiento que llevó su planta física a expandirse en un 50% y sus establecimientos comerciales a triplicarse frente a los números originales de apertura. La ampliación de 2013 sobre la Avenida Pasoancho, por ejemplo, generó varios cientos de empleos directos e indirectos, consolidando al complejo como uno de los empleadores privados más importantes de la zona sur.
Ese crecimiento económico corrió en paralelo al de los barrios que lo rodean: a medida que Unicentro Cali ampliaba su oferta comercial, sectores como Ciudad Jardín y Pance consolidaban su transformación de zonas semirrurales a algunas de las áreas residenciales más valorizadas de la ciudad. Es difícil separar por completo qué impulsó qué —si el crecimiento del centro comercial atrajo desarrollo residencial o si fue al revés—, pero lo cierto es que ambos procesos avanzaron de la mano durante más de cuatro décadas, hasta convertir esa zona del sur en uno de los corredores urbanos más dinámicos de todo el Valle del Cauca.
En dos ocasiones distintas, Unicentro Cali ha recibido el premio "Dios del Comercio", otorgado por la Federación Nacional de Comerciantes seccional Valle, un reconocimiento que confirma su posición sostenida como referencia del sector comercial regional, no solo por su tamaño sino por sus prácticas de gestión y servicio al cliente a lo largo de los años.
Hoy, con más de 40 millones de visitantes al año y cerca de 794 tiendas distribuidas en más de 167.000 metros cuadrados, Unicentro Cali se mantiene como la ciudadela comercial líder del suroccidente colombiano. Pero reducir su historia a esas cifras sería perderse la parte más interesante: la de un terreno que pasó de producir caña de azúcar a alojar generaciones enteras de recuerdos familiares, un trencito, un grupo de gatos adoptados por accidente y un diseño que decidió, contra la lógica más simple de la construcción, dejarle espacio a los árboles que ya estaban ahí antes que cualquier tienda. Esa combinación de cifras impresionantes y detalles entrañables es, probablemente, la explicación más honesta de por qué tantos caleños siguen sintiendo que Unicentro Cali les pertenece un poco a ellos también, y por qué cada aniversario del complejo termina convertido, sin que nadie lo planee del todo, en una pequeña celebración colectiva de la memoria del sur de la ciudad.
📍 Carrera 100 #5-169, Ciudad Jardín