
"Yo venía con mi padre al antiguo Teatro San Fernando, algo que marcó profundamente mi infancia, por eso cuando cerró, me prometí que si algún día tenía la posibilidad, lo volvería a abrir". Con esas palabras, el empresario Luis Carlos Caicedo resumió, la noche del 6 de junio de 2025, por qué había construido el Nuevo Teatro San Fernando Cali justo enfrente del edificio donde funcionó, durante más de cinco décadas, uno de los cines más importantes de la historia cultural de la ciudad. Cerca de mil personas asistieron esa noche a la inauguración, veinte años después de que la última función del teatro original cerrara sin que casi nadie se diera cuenta.
Pocos proyectos culturales de la ciudad combinan tantos elementos simbólicos en un mismo relanzamiento: la promesa personal de un niño convertido en adulto con los recursos para cumplirla, la reconexión deliberada con una de las figuras literarias más mitificadas de Colombia, y la ambición de revivir, aunque sea parcialmente, la época en que Cali se convirtió en un epicentro inesperado del cine nacional. Entender esa historia completa —la del teatro original, la de su cierre casi silencioso, y la de su reconstrucción dos décadas después— ayuda a comprender por qué el Nuevo Teatro San Fernando Cali generó tanta expectativa desde el momento en que se anunció su apertura.
El antiguo Teatro San Fernando, ubicado en la Carrera 34 entre calles 5 y 4D, en el sur de la ciudad, exhibió cine de manera ininterrumpida desde 1954. Pero su capítulo más recordado llegó el 10 de abril de 1971, cuando el escritor caleño Andrés Caicedo —hoy una de las figuras literarias más mitificadas de Colombia, autor de la novela "¡Que viva la música!"— fundó ahí su Cine Club, un espacio de proyección y discusión cinematográfica que funcionaba todos los sábados a las 12:30 del mediodía, justo antes de que abriera la programación comercial del teatro. La primera película proyectada fue "Iban por lana", de Jean-Luc Godard, una elección que ya anticipaba el tipo de cine exigente y poco convencional que Caicedo quería llevarle a la ciudad.
Esa iniciativa no era un capricho aislado de un joven cinéfilo: Caicedo entendía el cine como una herramienta de formación crítica para toda una generación de caleños que, hasta ese momento, tenían acceso limitado a las corrientes más innovadoras del cine europeo y latinoamericano. Elegir a Godard, uno de los directores más asociados a la ruptura formal de la Nueva Ola francesa, para la primera función de su club, era también una declaración de intenciones sobre el tipo de mirada cinéfila que quería cultivar en su ciudad.
Ese Cine Club se convirtió, con los años, en un capítulo fundamental de lo que después se conocería como Caliwood: el movimiento de cineastas caleños de los años setenta y ochenta que, sin mayores recursos ni respaldo industrial, convirtió a Cali en un epicentro inesperado de la producción cinematográfica colombiana. Nombres como Carlos Mayolo y Luis Ospina surgieron de ese mismo círculo cultural que Caicedo ayudó a formar en las salas del Teatro San Fernando, antes de su temprana muerte en 1977, apenas un día después de recibir en Bogotá el primer ejemplar impreso de su novela.
Esa muerte prematura, rodeada de un aura casi legendaria en la memoria cultural colombiana, terminó de consolidar a Caicedo como un mito literario cuya huella sigue presente en cualquier conversación sobre la historia cultural de Cali, incluida, inevitablemente, la del teatro donde dio sus primeros pasos como gestor cultural antes de convertirse en el escritor que la posteridad terminó reconociendo.
La última función del Teatro San Fernando original ocurrió el 8 de abril de 2005, un cierre tan discreto que ni siquiera fue noticia en los periódicos de la época, ocupados esos días con la muerte del papa Juan Pablo II y un eclipse híbrido de sol. Las razones del cierre combinaron la crisis económica que golpeó a las salas de cine independientes de toda Colombia, cuando el público empezó a migrar masivamente hacia las salas de los centros comerciales, con complicaciones legales adicionales que terminaron de sellar el destino del teatro.
Ese tipo de cierre silencioso, sin cobertura mediática ni despedida pública, fue habitual entre los cines independientes colombianos de comienzos de los dos mil, una época de transición acelerada hacia el modelo de multiplex que terminó desplazando a buena parte de las salas tradicionales de los centros urbanos. Que el Teatro San Fernando desapareciera casi sin dejar rastro en la memoria pública inmediata contrasta fuertemente con el peso simbólico que había tenido apenas unas décadas antes, cuando sus salas albergaron el nacimiento de uno de los movimientos cinematográficos más importantes del país.
Durante veinte años, el edificio original permaneció cerrado, convertido en un recuerdo cada vez más lejano para quienes de niños o jóvenes habían pasado ahí tardes enteras viendo películas. Fue justamente esa memoria de infancia la que, según su propio testimonio, llevó a Luis Carlos Caicedo a construir el Nuevo Teatro San Fernando Cali exactamente enfrente del edificio original, en lugar de elegir cualquier otra ubicación de la ciudad. Esa decisión de ubicación, aparentemente simbólica, también resolvía un problema práctico: aprovechar la memoria colectiva del sector, donde generaciones de vecinos todavía asociaban esa cuadra específica con la experiencia de ir al cine.
Luis Carlos Caicedo es un ingeniero audiovisual nacido en Cali que estudió en Miami y creó después una compañía dedicada a la venta de proyectores, un recorrido profesional que terminó dándole las herramientas técnicas necesarias para materializar, décadas después, la promesa que se había hecho de niño. Esa combinación entre memoria afectiva personal y formación técnica especializada es poco habitual en los proyectos de recuperación patrimonial cultural, que suelen depender de instituciones públicas o de inversionistas sin ningún vínculo emocional directo con el lugar que buscan restaurar.
Ese perfil profesional específico —alguien con conocimiento técnico directo sobre proyección audiovisual, no solo con capital para invertir— probablemente explica por qué el Nuevo Teatro San Fernando Cali pudo materializarse con un nivel de detalle técnico que otros proyectos de recuperación de salas históricas no siempre logran alcanzar. No se trataba simplemente de restaurar un edificio con valor sentimental, sino de construir, desde cero, una infraestructura de proyección a la altura de los estándares actuales de la industria.
La inauguración del Nuevo Teatro San Fernando Cali, la noche del 6 de junio de 2025, incluyó la proyección de "La Caravana de Gardel", una de las producciones más reconocidas del cineasta caleño Carlos Palau, presente en el evento. Como parte de la ceremonia, se descubrió también la primera estrella de un paseo de la fama que el teatro instalará en su acera frontal, dedicada precisamente a Palau, con la intención declarada de reconocer a artistas vallecaucanos que han destacado a nivel nacional e internacional en cine, teatro, danza, música y televisión.
Esa coincidencia de fechas y símbolos —la reapertura programada para coincidir con los 50 años del Cine Club fundado por Andrés Caicedo, la primera estrella dedicada a otro referente del cine caleño— confirma que el proyecto de Luis Carlos Caicedo no se limitó a reconstruir un edificio, sino que buscó deliberadamente reconectar el nuevo espacio con toda la genealogía cultural que hizo históricamente relevante al teatro original.
El diseño del Nuevo Teatro San Fernando Cali adoptó un formato deliberadamente vintage, pensado para evocar la época dorada de Caliwood, cuando la ciudad se convirtió en un epicentro inesperado del cine colombiano. La estética se inspira tanto en teatros italianos clásicos como en salas parisinas históricas del estilo de Les Folies Bergère, el Lido o el Crazy Horse, una referencia que sitúa al proyecto dentro de una tradición de espectáculo europeo más que en la lógica funcional de un multiplex contemporáneo.
La distribución del edificio refuerza esa vocación de experiencia completa: la taquilla y la sala de cine ocupan el centro del inmueble, mientras que a un costado funciona un restaurante llamado Pampero, y al otro, un café pensado para la conversación previa a la función. La fachada, pintada de amarillo, exhibe un telón con la frase "renace el emblemático Teatro San Fernando", visible para cualquier transeúnte que camine por esa cuadra del sur de la ciudad. Ese detalle de la fachada resume bien el propósito central del Nuevo Teatro San Fernando Cali: anunciar públicamente, sin ambigüedad, que el renacimiento del espacio es el eje central de su identidad de marca. Tras la reapertura, la programación ha incluido, entre otras propuestas, un ciclo dedicado a la obra de Martin Scorsese, además de conciertos y presentaciones en vivo que han ampliado la vocación del espacio más allá de la simple proyección de películas.
Las reseñas sobre el Nuevo Teatro San Fernando Cali reflejan experiencias bastante distintas entre sí. Varios visitantes destacan presentaciones musicales específicas, describiendo la calidad del sonido y el nivel de las bandas invitadas como espectaculares, aunque también sugieren mejorar la oferta gastronómica con opciones más sofisticadas para acompañar ese tipo de eventos. Otros comentarios señalan fallas concretas de servicio: meseros escasos, tiempos de espera largos para el vino o la comida, y hasta un episodio en el que el personal cerró la puerta al finalizar un evento para cobrar cuentas pendientes antes de dejar salir al público, generando una sensación de incomodidad que algunos asistentes describieron abiertamente en sus reseñas.
Una crítica recurrente, además, cuestiona hasta qué punto el espacio funciona realmente como un teatro en el sentido tradicional: algunas reseñas lo describen más como un auditorio con sillas plásticas que como una sala de cine o teatro clásica, señalando que compartir mesa con desconocidos y la atención constante de meseros cerca del escenario puede restarle formalidad a la experiencia, especialmente para quienes esperaban algo más cercano a las salas históricas que inspiraron su diseño.
Esa tensión entre la ambición estética del proyecto —evocar los teatros parisinos y el glamour de Caliwood— y la realidad operativa de un espacio que también funciona como bar, restaurante y sala de eventos simultáneamente, es habitual en los negocios culturales que intentan combinar varias funciones bajo un mismo techo. Sostener al mismo tiempo la experiencia de un cine de autor, un espacio de conciertos y un restaurante con servicio de mesa exige una coordinación logística compleja, y las reseñas disponibles sobre el Nuevo Teatro San Fernando Cali sugieren que esa coordinación todavía está en proceso de ajuste tras la reapertura.
Esa combinación de elogios a momentos puntuales de la programación y críticas concretas al servicio es habitual en proyectos culturales que, como el Nuevo Teatro San Fernando Cali, todavía están ajustando su operación después de una reapertura relativamente reciente. Lo que ninguna reseña pone en duda es el peso simbólico del proyecto: la posibilidad de que, veinte años después de una última función que casi nadie notó, la ciudad volviera a tener un espacio que dialoga directamente con la memoria del Cine Club de Andrés Caicedo y con toda la generación de cineastas que hicieron de Cali, por un momento breve pero intenso de la historia colombiana, una verdadera capital del cine.
Para quienes crecieron escuchando historias sobre el antiguo Teatro San Fernando sin haber tenido la oportunidad de conocerlo, y para quienes sí alcanzaron a sentarse en sus butacas antes de 2005, el Nuevo Teatro San Fernando Cali ofrece algo poco común entre los proyectos de recuperación cultural: la posibilidad de que una promesa personal, hecha por un niño frente a la puerta de un cine que estaba cerrando, terminara convirtiéndose, dos décadas después, en un espacio real donde la ciudad puede volver a sentarse a ver una película.
📍 Cra. 34 #4D - 02, San Fernando