
En una casa de dos pisos del barrio El Cedro, en el sur de Cali, las paredes están cubiertas por cerca de quince mil discos de acetato, afiches, sombreros y jarras de cerveza acumulados durante toda una vida. Ahí, cada viernes y sábado, un hombre de más de sesenta años que aprendió a poner discos a los nueve años recibe a un puñado de melómanos con una lista impresa de las canciones que sonarán esa noche. La Casa Latina de Cali no es exactamente un bar ni exactamente un museo: es la casa donde Gary Domínguez creció, la misma que convirtió, años después, en uno de los templos más respetados de la salsa clásica en Colombia.
Pocas historias de negocios nocturnos combinan tantas capas de significado personal como esta: una casa de infancia convertida en negocio, una colección heredada de un padre futbolista, una carrera internacional como DJ que terminó regresando por una enfermedad familiar, y la creación de un concepto cultural —la "audición" salsera— que hoy define buena parte de cómo Cali entiende y practica su relación con la música que la hizo famosa en el mundo entero. Entender esa historia completa es la mejor forma de comprender por qué La Casa Latina de Cali, pese a su tamaño modesto y su horario limitado a dos noches por semana, es considerada por muchos melómanos como un destino imprescindible dentro del circuito salsero de la ciudad.
Gary Domínguez —cuyo verdadero apellido familiar es Domínguez, aunque su padre se hiciera célebre bajo el nombre de Édgar Mallarino— nació en una casa donde la música siempre tuvo un lugar central. Su padre había sido un talentoso futbolista durante la llamada época de El Dorado, el periodo dorado del fútbol colombiano de mediados del siglo veinte, y en las tardes solía reunirse con amigos en la sala de la casa familiar, en el barrio El Cedro, para escuchar tango y música antillana. Ese ambiente sonoro, más cercano al bandoneón rioplatense que a los tambores caribeños, pudo haber marcado el destino musical de Gary de otra manera, pero él mismo ha explicado que el tango le resultaba un ritmo demasiado difícil de estudiar y demasiado frío para su gusto.
Esa combinación de fútbol profesional y afición musical seria en la misma figura paterna no era del todo inusual en la Colombia de mediados de siglo, cuando muchos futbolistas de la época dorada del fútbol nacional cultivaban intereses culturales paralelos a su carrera deportiva, en una época donde el deporte profesional todavía no exigía la dedicación exclusiva que demanda hoy. Ese doble legado —deportivo y musical— terminó proyectándose de forma desigual sobre el hijo: Gary heredó la pasión por los discos, no por el balón.
El giro definitivo llegó a los nueve años, cuando Gary tuvo en sus manos, por primera vez, uno de los discos de acetato que su padre coleccionaba con devoción. Esa colección paterna, reunida con la seriedad de un verdadero aficionado, terminó convirtiéndose en la semilla de lo que hoy, expandida durante décadas de búsqueda propia, ocupa las paredes de La Casa Latina de Cali: miles de discos de salsa, muchos de ellos rarezas que resultaría imposible encontrar en cualquier tienda convencional de música.
Antes de convertirse en el gestor cultural que hoy dirige La Casa Latina de Cali, Gary Domínguez pasó por oficios que poco tenían que ver con la vida nocturna: fue camillero en el Hospital Universitario del Valle, tabernero, músico frustrado y vendedor de discos, un recorrido que él mismo describe con humor cuando le preguntan cómo terminó convertido en uno de los mayores gurús de la salsa en Colombia. Ese camino incluyó también una etapa fuera del país que resultaría decisiva para su formación como melómano: vivió en Nueva York, donde trabajó como disc jockey en el histórico salón de salsa Copacabana, y después en Santurce, Puerto Rico, donde se empleó en el almacén de discos Viera Discos.
Ese recorrido internacional, sumado a sus años previos como camillero y tabernero en Cali, dibuja el perfil de alguien que llegó a la gestión cultural por un camino completamente distinto al de un académico o un empresario del entretenimiento convencional. Su autoridad como melómano no proviene de un título universitario ni de una inversión de capital, sino de décadas de exposición directa a la música, primero como oyente apasionado y después como profesional en algunos de los templos históricos más importantes de la salsa como género.
Esa experiencia internacional, sumergido en dos de los epicentros históricos más importantes de la salsa como género musical, le dio a Gary un conocimiento que pocos melómanos colombianos podían igualar al momento de regresar a Cali. El motivo de su regreso, sin embargo, no tuvo nada que ver con la música: fue la enfermedad de su padre lo que lo trajo de vuelta a la casa familiar. Su padre murió en 2009, y aproximadamente un año y medio después, Gary decidió abrir en esa misma casa el espacio que hoy se conoce como La Casa Latina de Cali, transformando el hogar de su infancia en un negocio dedicado enteramente a la música que su padre le había heredado.
Lo que distingue a La Casa Latina de Cali de cualquier otra salsoteca de la ciudad es su enfoque explícitamente educativo. A los asistentes se les entrega, antes de que empiece la noche, una lista impresa con las canciones que sonarán, una práctica poco habitual en el mundo de la rumba nocturna, donde la programación suele mantenerse como sorpresa hasta el último momento. Las sesiones suelen dedicarse a artistas o agrupaciones específicas —el Gran Combo de Puerto Rico, Cheo Feliciano, Ismael Rivera— y con frecuencia incluyen rarezas que sorprenden incluso a los visitantes más conocedores, como una cantata de Bach interpretada por Richie Ray y Bobby Cruz.
Ese enfoque convierte cada sesión en La Casa Latina de Cali en algo más parecido a una clase magistral que a una simple noche de baile: "se califican la letra, los arreglos y los sonidos de los que uno normalmente no está pendiente cuando baila", ha explicado el propio Gary Domínguez sobre su método de programación. El objetivo declarado del lugar, de hecho, es permitir disfrutar de la salsa sin necesidad de bailarla, una propuesta que invierte la lógica habitual de la vida nocturna caleña, donde el baile suele ser el centro absoluto de cualquier experiencia relacionada con este género musical.
El papel de Gary Domínguez en la cultura salsera de Cali trasciende ampliamente las paredes de La Casa Latina de Cali. Según ha contado él mismo, fue junto al profesor y experto en jazz Henry Zuluaga que, a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, empezó a popularizar el término "audición" para nombrar los encuentros musicales en los que la gente no solo iba a bailar, sino también a escuchar con atención. Ese concepto terminaría convirtiéndose en la base de lo que hoy se conoce como la melomanía caleña: la costumbre de detenerse a identificar un solo de piano, reconocer un arreglo musical específico, o entender la estructura de una clave, en lugar de limitarse a "tirar paso" en la pista.
"La melomanía es saber escuchar la música", ha resumido Domínguez en distintas entrevistas, explicando que en Cali casi todos los aficionados a la salsa empiezan primero como bailadores, y que solo después, con el tiempo, algunos de ellos empiezan a interesarse por la historia y la estructura de las canciones que llevan bailando toda la vida. Esa transición, de bailador a melómano, es precisamente la que La Casa Latina de Cali busca acelerar entre sus visitantes, ofreciendo un contexto pedagógico que rara vez se encuentra en otros espacios dedicados a la salsa.
Más allá de su rol como anfitrión de La Casa Latina de Cali, Gary Domínguez es también el creador y líder del Encuentro de Melómanos y Coleccionistas, el evento ancla de la Feria de Cali dedicado exclusivamente a la cultura salsera. Lo que empezó en 1991 como lo que el propio Domínguez describe como una "junta de locos" poniendo música gratis en el Parque Panamericano, se ha consolidado, más de tres décadas después, como uno de los pilares culturales del fin de año en la ciudad, con más de dieciocho mil personas congregadas cada edición.
Ese crecimiento, de una reunión informal entre un puñado de aficionados hasta un evento multitudinario reconocido oficialmente dentro de la programación de la Feria de Cali, refleja el mismo patrón que se observa en la historia de La Casa Latina de Cali: proyectos nacidos de la pasión personal de Gary Domínguez, sin mayor planeación institucional inicial, que terminaron consolidándose como referentes culturales de la ciudad gracias a la constancia sostenida durante décadas, no a una estrategia de expansión deliberada desde el principio.
Ese evento, itinerante a lo largo de los años —ha pasado por el CAM, el Parque de los Poetas y el Parque de la Música—, confirma que la influencia de Gary Domínguez sobre la cultura melómana caleña no se limita a las paredes de La Casa Latina de Cali, sino que se proyecta sobre toda la ciudad durante una de las semanas más importantes de su calendario cultural. Para quienes visitan La Casa Latina de Cali durante el resto del año, esa doble faceta de Gary —anfitrión íntimo de una casa convertida en salsoteca, y gestor de uno de los eventos masivos más importantes de la Feria de Cali— explica por qué el lugar funciona, al mismo tiempo, como un espacio pequeño y personal y como una pieza reconocida dentro de la identidad musical de toda la ciudad.
Sesenta años después de aquel primer disco que un niño de nueve años puso a girar en la sala de su casa, La Casa Latina de Cali sigue siendo, en el fondo, la misma casa: solo que ahora sus paredes guardan quince mil discos, sus noches de viernes y sábado reciben a melómanos de toda la ciudad, y el niño que alguna vez escuchó tango con su padre se convirtió en uno de los principales guardianes de la memoria salsera de Cali. Pocos lugares en la ciudad logran sostener, al mismo tiempo, la intimidad de una casa familiar y el peso simbólico de una institución cultural reconocida, y esa combinación poco común es, quizás, la explicación más honesta de por qué La Casa Latina de Cali sigue llenándose cada fin de semana, año tras año, sin necesidad de publicidad ni de un local más grande que el que Gary Domínguez ya conocía de memoria mucho antes de convertirlo en su negocio. Para quien quiera entender la salsa caleña más allá de la pista de baile, esta casa sigue siendo, después de más de una década, uno de los pocos lugares donde todavía se puede aprender a escucharla de verdad.
📍 Cl. 7 #27-38