
Alrededor de 1930, un poeta y político palmireño llamado Pascual Guerrero regresó a Colombia después de una temporada radicado en Cuba, decidido a entrar en la política departamental. Hizo una promesa poco habitual para conseguir votos: si lograba ser elegido diputado, donaría los terrenos de su propia finca para construir un estadio. Ganó la elección, cumplió la promesa, y en 1937 esa donación se convirtió en el Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali, el escenario deportivo que casi nueve décadas después sigue siendo el corazón futbolero de la ciudad y uno de los complejos deportivos más importantes de Latinoamérica.
Pocos estadios en el continente pueden rastrear su origen hasta una promesa de campaña política tan concreta y, sobre todo, tan efectivamente cumplida. Esa génesis particular ayuda a explicar por qué el Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali nunca fue pensado únicamente como una cancha de fútbol, sino como un proyecto de infraestructura pública con vocación de trascender generaciones, algo que sus sucesivas transformaciones a lo largo de casi un siglo han confirmado una y otra vez.
En 1935, ya como diputado de la Asamblea del Valle del Cauca, Pascual Guerrero solicitó formalmente ante sus colegas la construcción del estadio en los terrenos que él mismo había ofrecido. La obra se completó el 20 de julio de 1937, y su inauguración se programó deliberadamente para coincidir con la celebración del cuarto centenario de la fundación de Cali, un detalle que confirma la importancia simbólica que las autoridades de la época le dieron al proyecto desde el principio. En ese momento, el escenario se llamó "Estadio Departamental" y contaba con capacidad para apenas 6.500 espectadores, una fracción de lo que alberga hoy.
Esa decisión de vincular la apertura del estadio a una efeméride tan significativa para la ciudad —los cuatrocientos años desde su fundación— no fue casual: buscaba proyectar el nuevo escenario como un símbolo del progreso y la modernidad que Cali quería reivindicar frente al resto del país en un momento de crecimiento urbano acelerado. El nombre original, "Estadio Departamental", reflejaba todavía esa etapa inicial, antes de que el homenaje a Pascual Guerrero terminara consolidándose como la denominación oficial y popular del recinto.
La ceremonia de apertura incluyó un cuadrangular amistoso entre las selecciones de Colombia, Argentina, México y Cuba, con la presencia de las máximas autoridades nacionales y departamentales de la época, incluido el propio presidente de la República. En uno de esos primeros encuentros, Colombia venció a México por tres goles a uno, un resultado que quedó registrado como parte del estreno futbolístico del recinto. El fútbol, sin embargo, no se consolidó de inmediato como la actividad principal del escenario: solo hacia 1948 el balompié empezó a ocupar el lugar central que mantiene hasta hoy dentro de la programación del Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali.
La segunda gran transformación llegó en 1954, cuando se tomó la decisión de expandir el escenario original hacia los terrenos cercanos, incorporando piscinas, gimnasios y otras instalaciones deportivas complementarias. Esa ampliación convirtió al conjunto en uno de los complejos deportivos más completos y modernos de toda Sudamérica durante las décadas de 1950 a 1970, un logro que terminó dándole a Cali el apodo con el que la ciudad todavía se presenta hoy: la Capital Deportiva de América.
Ese crecimiento no fue casual ni improvisado: reflejaba una apuesta institucional sostenida por convertir a la ciudad en un polo deportivo de referencia continental, apuesta que se consolidaría definitivamente unos años después. El 4 de noviembre de 1957, el departamento del Valle del Cauca cedió la totalidad de los predios del complejo deportivo a la Universidad del Valle, una donación institucional ratificada por el Ministerio de Gobierno que garantizó la continuidad administrativa del proyecto a largo plazo, algo que muchos escenarios deportivos latinoamericanos de la misma época no lograron sostener con la misma estabilidad.
Esa decisión de ceder la propiedad del complejo a una universidad pública, en lugar de mantenerla bajo control exclusivamente gubernamental o municipal, resultó decisiva para blindar el proyecto frente a los vaivenes políticos que suelen afectar a la infraestructura deportiva financiada directamente por administraciones de turno. Gracias a ese modelo, el Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali logró sostener un ritmo de inversión y mantenimiento más estable que otros escenarios deportivos colombianos construidos en la misma época, muchos de los cuales terminaron deteriorándose por falta de continuidad institucional.
La tercera gran transformación del Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali llegó con motivo de los VI Juegos Panamericanos de 1971, cuando el recinto recibió una ampliación de capacidad y adecuaciones específicas para cumplir con las normativas olímpicas vigentes en ese momento. Ese proceso de modernización confirmó la vocación multipropósito del escenario, capaz de albergar no solo fútbol profesional, sino eventos deportivos de escala continental que exigían estándares de infraestructura mucho más exigentes que los de un estadio de fútbol convencional.
Los Juegos Panamericanos de 1971 representaron, en ese sentido, un examen de gran exigencia para toda la infraestructura deportiva de la ciudad, no solo para el estadio: Cali tuvo que demostrar, ante delegaciones de todo el continente, que su condición autoproclamada de Capital Deportiva de América tenía un respaldo real en instalaciones capaces de recibir competencias internacionales de primer nivel. El desempeño del Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali durante ese evento contribuyó a consolidar esa reputación, que la ciudad seguiría defendiendo en las décadas siguientes con nuevas sedes de torneos internacionales.
Esa etapa consolidó también el nombre con el que hoy se conoce oficialmente el recinto —Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali—, en reconocimiento a su papel como escenario de competencias multidisciplinarias, más allá de su función primaria como cancha de fútbol para los clubes locales.
La cuarta gran transformación estuvo motivada por la Copa Mundial de Fútbol Sub-20 de 2011, cuando el estadio recibió mejoras significativas: instalación de silletería en todas las tribunas, modernización de camerinos, construcción de palcos en la tribuna oriental y la colocación de techo en tres de sus costados, que más adelante también se aprovecharían como espacio publicitario. Se trató, en conjunto, de una de las intervenciones más ambiciosas en la historia reciente del escenario.
Esa reforma, además, respondió a exigencias normativas que van más allá de la estética o la comodidad: por encontrarse en una zona de alta amenaza sísmica, cualquier intervención sobre el Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali debe cumplir estándares estrictos de sismorresistencia, lo que añade una capa adicional de complejidad técnica a cada nueva reforma que se plantea sobre la estructura original de 1937.
Sin embargo, esa reforma dejó también un episodio poco favorecedor en la memoria reciente del Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali: las obras no estaban terminadas a tiempo para el propio Mundial Sub-20 que las había motivado, y tuvieron que completarse después de finalizado el torneo. Ese desfase entre la planeación y la ejecución, documentado por medios especializados en infraestructura deportiva, es un recordatorio de que ni siquiera los escenarios con mayor trayectoria histórica están exentos de las dificultades logísticas habituales en las grandes obras públicas colombianas. Pese a ese tropiezo puntual, el estadio recibió durante ese mundial ocho partidos completos, entre ellos cinco de la fase de grupos, un partido de octavos de final y uno de cuartos de final, cumpliendo finalmente con su papel como una de las sedes principales del torneo.
Pocos estadios de fútbol en Colombia tienen el peso cultural que ha alcanzado el Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali fuera de las canchas. El escenario aparece mencionado explícitamente en "Cali Pachanguero", una de las canciones más emblemáticas del Grupo Niche, con una estrofa que resume el ambiente de los clásicos vallecaucanos: "hay clásico en el Pascual, adornado de mujeres sin par; América y Cali a ganar, aquí no se puede empatar". Que un estadio de fútbol aparezca citado por nombre propio en una de las canciones más populares de la salsa colombiana confirma su lugar dentro de la identidad cultural de la ciudad, mucho más allá del ámbito estrictamente deportivo.
Esa mención no es un caso aislado de cruce entre fútbol y música popular en Cali: la ciudad ha construido buena parte de su identidad cultural sobre la superposición constante entre la salsa, el fútbol y la vida social cotidiana, y el hecho de que una canción tan bailada en fiestas y bares mencione al estadio por su apodo cariñoso —"el Pascual"— confirma cuánto se ha integrado el recinto al lenguaje coloquial de la ciudad, más allá de su función puramente deportiva.
Esa identidad compartida también se refleja en un detalle poco habitual dentro de la cultura futbolera mundial: los hinchas de los dos grandes rivales de la ciudad, América de Cali y Deportivo Cali, ocupan tradicionalmente la misma sección del estadio —la tribuna sur alta— en lugar de ubicarse en extremos opuestos, como suele ser la costumbre en la mayoría de los estadios compartidos por equipos rivales alrededor del mundo. Ese detalle, más que una simple curiosidad logística, dice bastante sobre la forma particular en que Cali vive su rivalidad futbolera más importante, más cercana a la convivencia cotidiana entre vecinos que a la separación estricta que caracteriza a otras grandes rivalidades del fútbol suramericano.
El Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali también ostenta un título simbólico poco común: fue el último estadio del país donde un equipo levantó físicamente un título del fútbol profesional colombiano, cuando el América de Cali se coronó campeón ahí mismo en el segundo semestre de 2019. Desde entonces, ha seguido sumando capítulos a su historia reciente como sede de eventos internacionales de primer nivel, incluyendo la Copa América Femenina de 2022, el Campeonato Sudamericano Sub-20 de 2023 y la Copa Mundial Femenina Sub-20 de 2024, confirmando que, casi noventa años después de aquella promesa política de Pascual Guerrero, el escenario sigue siendo, sin interrupciones, uno de los principales protagonistas del deporte colombiano.
De la promesa electoral de un poeta palmireño a las canciones que todavía suenan en las salsotecas del centro de la ciudad, la historia del Estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali confirma que pocos escenarios deportivos logran acumular, al mismo tiempo, tanto peso institucional, tanta relevancia continental y tanto cariño popular cotidiano como este rincón del barrio San Fernando.
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