
Antes de que existiera Cookie Cat Cali, hubo una bolsa tirada en una calle de Barranquilla que se movía sola. No la arrastraba el viento: tenía peso. Mayra Pájaro salió de una veterinaria, la vio rodar dando tumbos, la recogió y le quitó el nudo con cuidado. Adentro había una gata recién nacida, con las orejas negras y el hocico blanco, abandonada junto a un poste de basura por alguien que Mayra, años después, todavía no sabe si merece llamarse humano. Esa gata sobrevivió, se llamó Michín, y hoy, nueve años después, sigue con ella. Pero esta historia no es sobre Michín: es sobre otra gata, Galleta, y sobre cómo su muerte terminó dándole nombre a uno de los cafés temáticos más queridos de Cali.
Es una historia que rara vez aparece en las reseñas de Google o en las publicaciones promocionales de redes sociales, más centradas en fotos de gatitos jugando o menús de brunch. Pero es, probablemente, la única forma de entender por qué este café —con varias sedes hoy repartidas por distintos barrios de la ciudad— genera un tipo de fidelidad que va más allá de la calidad del café o la comodidad de las instalaciones.
Mayra nació en Barranquilla y, según cuenta ella misma, a los diecisiete años los animales no le importaban demasiado. Eso cambió con el episodio de la bolsa. Los gatos que antes eran invisibles en su camino diario a la universidad se volvieron, de un momento a otro, imposibles de ignorar. Empezó a cargar comida en su mochila para dársela cada mañana antes de subir al bus. Después empezó a rescatarlos, uno por uno, hasta que el rescate informal se convirtió en algo más estructurado: una fundación que bautizó Huellitas Callejeras Barranquilla, dedicada a atender animales callejeros en condición de abandono, enfermedad o maltrato en su ciudad natal.
Ese tipo de transformación personal —de estudiante indiferente a fundadora de una organización de rescate— no ocurre de un día para otro, y Mayra tampoco la describe como un cambio instantáneo. Fue, más bien, un proceso acumulativo: cada gato que alimentaba en el camino a la universidad, cada rescate improvisado, cada historia de maltrato que conocía de cerca, fue construyendo poco a poco una responsabilidad que terminó desbordando lo que una sola persona podía sostener sin una estructura formal detrás.
Cuando Mayra se trasladó a Cali por motivos académicos, para estudiar Bellas Artes, llegó sin dinero, sin trabajo fijo y sin historial crediticio, como suele pasarle a cualquier estudiante que empieza de cero en una ciudad nueva. Pero llegó también con la idea ya clara en la cabeza: abrir un café cuyas ganancias sirvieran para financiar el rescate y la recuperación de animales abandonados, replicando en Cali lo que ya hacía de forma más artesanal en la Costa Atlántica. Esa combinación de precariedad económica y determinación personal es, en el fondo, el tipo de historia de emprendimiento que rara vez se cuenta junto a las fotos bonitas de un café temático, pero que explica mejor que cualquier otra cosa por qué el proyecto terminó funcionando.
El nombre "Cookie Cat" —Cookie, es decir, Galleta— no fue elegido al azar ni por sonar bonito en inglés. Galleta fue una de las gatas rescatadas por Mayra, y cuando falleció, ella se prometió crear un espacio físico que pudiera honrar esa pérdida ayudando a otros animales en la misma situación de vulnerabilidad. En la entrada del local original, en el barrio San Antonio, todavía cuelga la fotografía de Galleta, vigilando el lugar que lleva su nombre. Las paredes están pintadas de violeta, con ilustraciones de galletas con forma de gato, y el menú —sánduches, tortas, capuchinos servidos en tazas con orejas felinas— funciona como el motor financiero de todo lo demás que ocurre en el segundo piso del café.
Ese detalle del nombre es, en realidad, poco frecuente entre los cafés temáticos de animales que existen en distintas ciudades de Colombia y el resto de la región: la mayoría opta por nombres genéricos relacionados con gatos en general —"michi", "gatuno", "felino"— en lugar de honrar a un animal específico con nombre propio. Que Cookie Cat Cali haya elegido lo segundo dice algo sobre la relación personal, casi íntima, que su fundadora mantiene con cada uno de los animales que ha rescatado a lo largo de los años, no solo con la causa en abstracto. Ese mismo criterio se repite en cada nueva sede que Cookie Cat Cali ha abierto en la ciudad: no son sucursales genéricas replicadas por fórmula, sino extensiones del mismo compromiso original.
Ese segundo piso es, en el fondo, la razón de ser del proyecto: ahí se pasean los gatos rescatados, muchos de ellos con historias tan duras como la de Galleta o más. Jaime duerme estirado como un arquero sobre un sillón. Chuy, que nació sin sus dos ojos, hace lo mismo patas arriba sobre un gimnasio para gatos. En el cuarto de aislamiento vive Rosalía, que maúlla con una insistencia que solo se calma con una bolsa de churu, el snack cremoso que los gatos suelen adorar. Varios de los felinos que hoy viven en Cookie Cat Cali llegaron en avión desde Barranquilla y otras ciudades de la Costa Caribe, parte de la misma red de rescate que Mayra empezó a tejer años antes de mudarse al Valle del Cauca.
Entre los residentes felinos de Cookie Cat Cali hay varios que viven con condiciones médicas complejas, incluyendo el virus de inmunodeficiencia felina —conocido coloquialmente como "sida felino"— y leucemia felina, dos enfermedades que en muchos refugios convencionales todavía se traducen en sacrificio automático por temor al contagio o al costo del tratamiento prolongado. Aquí, en cambio, esos gatos reciben la atención necesaria para vivir con calidad, algunos en tratamiento activo, en un espacio adaptado específicamente para su cuidado.
Esa decisión de recibir y mantener animales con diagnósticos que otros espacios descartarían de entrada tiene un costo real, tanto económico como logístico: requiere protocolos de aislamiento, atención veterinaria constante y personal capacitado para manejar el riesgo de contagio entre los propios gatos del lugar. Que un negocio pequeño, sostenido en gran parte por las ventas de café y repostería, asuma voluntariamente ese costo adicional dice bastante sobre las prioridades reales detrás del proyecto, más allá de cualquier discurso de marketing sobre "causas nobles".
Mayra reconoce que atender tantas historias de animales golpeados, abandonados, sin patas o sin ojos podría resultar devastador, y admite que hace años era, en sus propias palabras, una máquina de lágrimas. Ya no tanto. Dice que los propios gatos le enseñaron otra forma de ver la vida: a diferencia de las personas, ellos no se detienen a lamentar lo que perdieron. Simplemente siguen adelante, disfrutando lo que tienen, sin pensar en la pata o el ojo que les falta. Esa actitud, dice, terminó siendo una lección tan importante como cualquier otra que haya aprendido en la universidad.
Como cualquier negocio que combina atención al público con el cuidado de animales vivos, Cookie Cat Cali no está exento de tropiezos, y las reseñas de sus distintas sedes —hoy presentes en barrios como San Antonio, El Sindicato y San Fernando— lo reflejan con honestidad. Algunos visitantes han reportado esperas largas para ser atendidos, confusión sobre si es necesario reservar con anticipación, y comentarios sobre encontrar más gatitos pequeños que gatos adultos en ciertas visitas, lo que ha llevado a algunas personas a preguntarse si se trata más de una "cafetería de gatitos" que de un café de gatos en el sentido tradicional del término.
Esas quejas, sin embargo, conviven con reseñas que describen exactamente lo contrario: personal atento que explica cómo tratar a los gatos con respeto antes de dejar interactuar a los visitantes, comida bien valorada —waffles, limonadas con hierbas— y una sensación palpable de cuidado genuino detrás de cada rincón del local. Esa combinación de experiencias desiguales es, probablemente, inevitable en un modelo de negocio que depende tanto del estado de ánimo de los animales como del servicio humano, dos variables que ningún protocolo puede controlar del todo.
Vale la pena tener en cuenta, además, que gestionar simultáneamente un café con estándares de servicio al cliente y un espacio de cuidado animal con protocolos de salud y bienestar no es una tarea sencilla, y menos cuando el negocio ha crecido de una sola sede a varias en un período relativamente corto. Los tropiezos ocasionales en el servicio, más que restarle valor al proyecto, reflejan las tensiones normales de sostener un modelo híbrido que en Colombia todavía tiene pocos referentes consolidados.
Lo que rara vez varía entre las reseñas, sin importar si la experiencia general fue positiva o negativa, es el reconocimiento de que detrás de Cookie Cat Cali hay un propósito real, no una fachada de marketing con temática animal. La fotografía de Galleta en la entrada sigue ahí, tres años después de su muerte, recordándole a cada visitante que el café no existe para vender café: existe porque una gata específica, con nombre e historia propia, ya no está, y porque su ausencia se convirtió en el motivo para que muchas otras pudieran quedarse. Esa es, en definitiva, la diferencia entre un negocio que usa gatos como estrategia comercial y uno que existe, literalmente, por causa de uno de ellos. Quien visita Cookie Cat Cali sin conocer esta historia probablemente solo vea un café bonito con gatos de fondo; quien la conoce entiende que cada taza que se sirve ahí es, en cierto sentido, una forma pequeña de continuar lo que empezó una tarde en Barranquilla, con una bolsa que se movía sola sobre el pavimento.
Con el tiempo, Cookie Cat Cali se ha convertido en algo más que un negocio rentable para su fundadora: es también un punto de encuentro para una comunidad de amantes de los gatos en la ciudad, muchos de los cuales han terminado adoptando a alguno de los residentes felinos después de varias visitas. Ese ciclo —de rescate, cuidado temporal en el café y adopción definitiva— es, en el fondo, el mismo que Mayra empezó a construir de forma artesanal en Barranquilla, solo que ahora con la escala y la infraestructura que un negocio consolidado en varias sedes de Cali le permite sostener.
📍 Carrera 10 #2-15