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Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca – La Licorera: de bodega de aguardiente a referente mundial de la danza

🏢 Centro Cultural 📍 Ignacio Rengifo Fátima 🕒 Cra. 1 #26–85, COMUNA 4
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Sobre este lugar

Pocas historias urbanas son tan improbables como esta: un conjunto de bodegas industriales que durante casi veinte años estuvieron abandonadas junto al río Cali terminó convertido en uno de los pocos centros del mundo dedicados por completo a la formación, creación e investigación en danza. El Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca — conocido popularmente en Cali como La Licorera — no es una metáfora ni un eslogan de mercadeo: el edificio realmente perteneció a la Industria de Licores del Valle, y ese pasado industrial sigue visible en cada muro de ladrillo que hoy sirve de telón de fondo a bailarines de todo el país.

Entender el Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca exige mirarlo desde dos ángulos distintos y complementarios: el de la arquitectura recuperada, que conecta el proyecto con una tradición global de reconversión de espacios industriales en centros culturales, y el de la tradición dancística de la región, que llevaba décadas sin una institución que la respaldara de forma seria y sostenida. Ninguno de los dos ángulos explica el proyecto por sí solo; juntos, sí. Y para dimensionar bien de qué se trata este centro cultural de Cali, conviene compararlo con los proyectos internacionales que inspiraron su diseño, algo que rara vez se hace en detalle pese a que la propia institución cita esas referencias como parte de su identidad.

De fábrica de aguardiente a Bien de Interés Cultural - Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca - La Licorera

La construcción original data de 1957, cuando se consolidó como parte del cinturón industrial que creció junto al río Cali y a la línea del ferrocarril, en una época en que buena parte de la producción industrial de la ciudad se ubicaba cerca de esas dos vías de transporte. Esa lógica de ubicación —cercanía al agua y a la línea férrea para facilitar el transporte del aguardiente hacia otros destinos del país— convirtió a la antigua fábrica en un testigo silencioso del crecimiento industrial de Cali durante buena parte del siglo veinte, mucho antes de que nadie imaginara que terminaría convertida en un escenario para bailarines.

Durante décadas, esas bodegas almacenaron y distribuyeron el aguardiente producido en el departamento, hasta que el traslado de la operación dejó el complejo —ocho edificios patrimoniales sobre 38 mil metros cuadrados— en desuso durante cerca de veinte años. Ese abandono prolongado es, paradójicamente, parte de lo que hizo posible el proyecto actual: al no haberse demolido ni reconvertido antes en otro uso, el conjunto llegó casi intacto hasta el momento en que la Gobernación del Valle y el Ministerio de Cultura decidieron intervenirlo.

La recuperación llegó como una alianza entre el Ministerio de Cultura y la Gobernación del Valle del Cauca, que decidieron aprovechar tanto el valor arquitectónico de las bodegas como la enorme base de bailarines que tiene la región: solo en Cali se estima que hay más de 15 mil personas dedicadas activamente a la danza, entre profesionales y aficionados. La primera fase de La Licorera se entregó en diciembre, con tres de los ocho edificios adecuados y certificados en normas de seguridad y sismorresistencia, y desde entonces el proyecto ha seguido creciendo por etapas, incluyendo una renovación de fachada que busca proyectarlo como escenario de eventos internacionales. El edificio, además, fue declarado Bien de Interés Cultural del municipio, un reconocimiento que obliga a conservar su carácter patrimonial en cualquier intervención futura, incluso mientras se siguen sumando nuevos espacios y usos al complejo original.

Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca - La Licorera frente a los grandes centros de danza del mundo

Cuando se presentó el proyecto, sus impulsores fueron explícitos sobre el modelo que querían seguir: espacios urbanos recuperados que en otras partes del mundo ya habían demostrado que un edificio industrial en desuso puede convertirse en motor cultural de toda una región. Vale la pena repasar esas referencias, porque ayudan a entender qué tipo de institución es realmente La Licorera, el Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca.

En Madrid está El Matadero, un antiguo matadero municipal reconvertido en centro de creación contemporánea; en París, el 104, una ex funeraria municipal transformada en espacio de residencias artísticas; en Barcelona, el Mercado de las Flores, que pasó de mercado mayorista a teatro y centro de danza; en Tel Aviv, el Suzanne Dellal, construido sobre un antiguo edificio escolar; y en Río de Janeiro, La Fábrica, otro complejo industrial reconvertido en centro coreográfico. Cada uno de estos proyectos comparte un mismo gesto fundacional: tomar un edificio que la ciudad ya no sabía qué hacer con él y convertirlo, sin borrar su pasado, en un motor de creación artística.

Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca - La Licorera comparte con todos ellos la misma lógica de reutilización patrimonial, pero tiene un rasgo que la distingue: mientras la mayoría de esos centros nacieron en ciudades donde la danza es una disciplina más entre varias expresiones culturales, aquí se construyó sobre una base social donde bailar —sobre todo salsa— ya era, antes del proyecto, una práctica cotidiana y masiva. Eso explica por qué el centro no se limita a la danza contemporánea o el ballet clásico, sino que abre sus salas a géneros urbanos, folclóricos y populares con la misma seriedad técnica que cualquier disciplina académica.

Esa combinación de infraestructura de nivel internacional con una base social ya volcada hacia el baile es, según varios gestores culturales del sector, lo que le da a La Licorera una ventaja poco común: no tuvo que construir público desde cero, como sí debieron hacerlo varios de los centros europeos mencionados en sus primeros años de funcionamiento. En Cali, las escuelas de salsa —se calculan más de ochenta activas en la ciudad— y compañías de danza folclórica ya existían antes del proyecto; lo que faltaba era un espacio a la altura de ese talento acumulado durante décadas, y eso es exactamente lo que vino a resolver este centro patrimonial.

Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca - La Licorera Qué hay dentro de sus muros patrimoniales

El primer edificio habilitado alberga en su planta baja un área de acondicionamiento físico pensada específicamente para bailarines y deportistas de alto rendimiento, con zonas de hidromasaje, espacios de entrenamiento y consultorios médicos, un detalle que reconoce algo que pocas veces se discute públicamente: la exigencia física de la danza profesional es comparable a la de cualquier disciplina deportiva de competencia, y sin embargo rara vez cuenta con el mismo respaldo médico y de recuperación que se da por sentado en el deporte de alto rendimiento. En el segundo piso funcionan varias salas de danza equipadas con graderías móviles, pensadas tanto para clases y ensayos como para presentaciones abiertas al público, con capacidad para decenas de espectadores sentados y áreas de trabajo para grupos completos de bailarines.

Más allá de la infraestructura física, el Centro de Danza y Coreografía del Valle del Cauca funciona como un espacio de memoria: sus programas incluyen el reconocimiento del trabajo de maestros, maestras y compañías colombianas que han sostenido la tradición dancística del país durante décadas, muchas veces sin el respaldo institucional que ahora encuentran aquí. El centro también ha sido sede de encuentros iberoamericanos de política cultural para la danza, lo que confirma su vocación de proyectarse más allá de las fronteras del Valle del Cauca, posicionando a la región como interlocutor válido frente a instituciones culturales de otros países de habla hispana y portuguesa.

Un escenario que sigue creciendo junto al río

El plan original contempla intervenir también el espacio público alrededor del río Cali, habilitando un escenario al aire libre para presentaciones, como parte de las etapas que todavía faltan por completarse del proyecto integral. Esa conexión con el río no es casual: la ubicación misma de las antiguas bodegas, sobre la Carrera 1 con Calle 26, responde a la lógica industrial del siglo pasado, cuando la cercanía al agua y a las vías férreas determinaba dónde se instalaban las fábricas de la ciudad. Hoy esa misma cercanía se aprovecha con un propósito completamente distinto: convertir el borde del río en un corredor cultural abierto, en línea con otros proyectos de renovación urbana que la ciudad ha impulsado en el sector, muchos de los cuales buscan devolverle al río Cali un papel central en la vida pública de la ciudad, más allá de su función histórica como límite industrial.

Quienes han visitado el lugar durante eventos abiertos al público —como festivales o presentaciones de las escuelas de danza de la ciudad— suelen coincidir en que la fachada conserva un aire de deterioro industrial que contrasta con lo cuidado del interior, una tensión que en realidad forma parte de la identidad del proyecto: la idea nunca fue borrar el pasado fabril del edificio, sino convivir con él. Esa decisión, más curatorial que estética, es la misma que han tomado los centros de danza más reconocidos del mundo al recuperar edificios industriales: dejar visibles las cicatrices de la función original, en lugar de esconderlas bajo una fachada nueva. Caminar por sus pasillos, entonces, no se siente como visitar un teatro convencional, sino como recorrer una fábrica reconvertida donde el ladrillo expuesto y las estructuras metálicas conviven con espejos de práctica y barras de ballet.

Con el tiempo, el centro se ha convertido también en escenario recurrente de la agenda cultural de la ciudad, albergando desde clases abiertas de danza urbana y folclórica hasta presentaciones de compañías internacionales invitadas en el marco de festivales como el Festival Mundial de Salsa o la Bienal Internacional de Danza de Cali. Para quienes trabajan en el sector cultural del Valle del Cauca, La Licorera representa además una pieza clave dentro de una estrategia más amplia de posicionar a la región como un destino de danza reconocido internacionalmente, capaz de atraer tanto a bailarines en formación como a investigadores y programadores culturales de otros países interesados en la tradición dancística colombiana.

Para una ciudad que durante años careció de una institución que articulara y respaldara profesionalmente a sus miles de bailarines, este centro representa, más que un edificio recuperado, una deuda cultural que finalmente empezó a saldarse: un lugar donde el pasado industrial de Cali y su presente dancístico conviven bajo el mismo techo de ladrillo, sin que ninguno de los dos tenga que ceder terreno frente al otro. Visitar La Licorera, en Cali, aunque sea de paso durante un evento abierto al público, es también una forma de entender cómo una ciudad puede reescribir el propósito de sus edificios sin borrar la memoria de lo que fueron antes.

🗺 Ubicación

📍 Cra. 1 #26–85, COMUNA 4

🌐 https://centrodedanzalalicorera.com/

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