
Jorge Garcés Borrero murió en 1949. La Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali, la institución que hoy lleva su nombre grabado en la fachada y en la memoria colectiva de generaciones de vallecaucanos, se fundó cinco años después, en 1953, y abrió sus puertas en 1954. Es decir: el hombre en cuyo honor todos los caleños reconocen esta biblioteca jamás llegó a pisarla, jamás vio un solo lector sentado entre sus estanterías, jamás supo que su nombre terminaría siendo, siete décadas después, sinónimo de cultura y educación pública en el Valle del Cauca. La historia real detrás de ese nombre es, en el fondo, la historia de otra persona: su hijo, un gobernador al que casi nadie reconoce hoy pese a haber sido quien realmente hizo posible todo esto.
Es una paradoja poco habitual entre las instituciones culturales de una ciudad: el nombre que aparece en la fachada, en cada documento oficial y en la conversación cotidiana de miles de caleños no corresponde exactamente a quien impulsó, financió y formalizó legalmente el proyecto, sino a la persona cuya memoria ese proyecto buscaba honrar. Entender esa distinción no le resta valor a la biblioteca ni a la figura de Jorge Garcés Borrero como bibliófilo; simplemente añade una capa de justicia histórica pendiente hacia quien convirtió una colección privada en un patrimonio de todos.
Jorge Garcés Borrero fue, en vida, un empresario y bibliófilo que reunió una colección personal de más de siete mil libros, fruto de una pasión lectora poco común para su época. No hay registro de que haya imaginado, mientras acumulaba volumen tras volumen en su biblioteca privada, que esos mismos libros terminarían convirtiéndose en la semilla de la primera biblioteca departamental de la historia de Colombia. Su legado, en el sentido más literal posible, fue una herencia: al morir, dejó esos siete mil libros a su hijo, Diego Garcés Giraldo, sin ninguna instrucción de que se convirtieran en una institución pública.
Reunir siete mil volúmenes en una colección personal, en el Cali de mediados del siglo veinte, no era una tarea menor ni barata: implicaba acceso a redes de librerías, editoriales y contactos que la mayoría de los habitantes de la ciudad de esa época simplemente no tenían. Esa colección reflejaba, probablemente, tanto el poder adquisitivo de la familia Garcés como una curiosidad intelectual genuina que, sin saberlo su dueño original, terminaría convertida en un bien colectivo décadas después de su muerte.
Fue Diego quien, movido por una convicción personal sobre el valor transformador de la educación —solía decir que "el progreso de una sociedad se hacía a través de la educación"—, decidió no quedarse con la colección heredada como un bien privado. La instaló primero en el sexto piso de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero, sobre lo que hoy se conoce como el Bulevar del Río, y la abrió al público. Ese gesto, aparentemente sencillo, fue el germen de todo lo que vendría después.
En septiembre de 1953, ya como gobernador del Valle del Cauca, Diego Garcés Giraldo formalizó por decreto departamental la creación de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali, bautizándola en honor a su padre y donando oficialmente la colección heredada —unos 7.500 ejemplares aproximadamente— como base fundacional. La institución abrió sus puertas al público el 13 de junio de 1954, convirtiéndose en la primera biblioteca departamental del país, un modelo institucional que otros departamentos colombianos terminarían replicando con el tiempo.
Ese carácter de "primera" no es un dato menor dentro de la historia bibliotecaria colombiana: antes de 1954, el país no contaba con un modelo consolidado de biblioteca pública financiada y gestionada a nivel departamental, con vocación de servir a toda una región y no solo a una ciudad o institución específica. El decreto de Garcés Giraldo sentó, en ese sentido, un precedente administrativo que trascendió ampliamente el ámbito del Valle del Cauca, convirtiéndose en referencia para la creación de bibliotecas departamentales similares en otras partes de Colombia durante las décadas siguientes.
Esa distinción es importante y, según reconocen quienes han estudiado de cerca la historia de la institución, poco conocida incluso entre los propios caleños: todo el mundo en la ciudad reconoce el nombre de Jorge Garcés Borrero, pero muy pocos saben que fue su hijo, el gobernador Diego Garcés Giraldo, quien gestó, financió con la donación de la colección y formalizó legalmente la creación de la biblioteca. El padre puso los libros sin saberlo; el hijo puso la visión, el decreto y la voluntad política de convertir una colección privada en un bien público permanente. Setenta años después, esa desproporción entre el reconocimiento público de uno y el olvido relativo del otro sigue siendo, para historiadores y familiares, una deuda simbólica pendiente.
La sede original en el Edificio Garcés fue solo la primera de varias direcciones que tuvo la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali a lo largo de su historia. Durante las décadas siguientes, la institución cambió de ubicación varias veces dentro del centro de la ciudad, buscando un espacio que le permitiera crecer al ritmo de su colección y de la demanda creciente de sus usuarios. Ese peregrinaje urbano terminó en 2009, cuando la biblioteca se instaló en el edificio de seis pisos que ocupa actualmente, diseñado décadas antes por el arquitecto Guillermo Garrido con un estilo modernista adaptado al clima cálido de Cali: ventanales amplios para aprovechar la luz natural y corredores generosos que facilitan la circulación del aire, sin depender exclusivamente de sistemas de climatización artificial.
Ese enfoque arquitectónico, pensado décadas antes de que el diseño bioclimático se popularizara como criterio de sostenibilidad, ha permitido que el edificio conserve buena parte de su funcionalidad original incluso después de más de medio siglo desde su concepción inicial, algo que muchos edificios institucionales de la misma época no lograron sostener sin reformas estructurales profundas. Esa combinación de solidez arquitectónica y adaptabilidad climática es una de las razones por las que hoy se considera al edificio una pieza patrimonial relevante dentro del paisaje urbano caleño.
Ese edificio no funciona en solitario: forma parte del megaproyecto conocido como la Manzana del Saber, un conjunto urbano que reúne, en el mismo sector del centro de Cali, al Museo de Ciencias Naturales Federico Carlos Lehmann, al Museo Interactivo Abrakadabra y al Centro para la Innovación e Investigación Pedagógica. Esa concentración de instituciones educativas y culturales en una sola manzana urbana convierte a esa zona de la ciudad en un pequeño distrito del conocimiento, poco común en el diseño urbano de las ciudades intermedias colombianas. En 2012 se sumó a la oferta un observatorio astronómico, ampliando todavía más el rango de disciplinas que la biblioteca ofrece a sus visitantes, mucho más allá de los libros impresos.
Hoy, la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali coordina, además, toda la red de bibliotecas públicas del Valle del Cauca, un rol que trasciende la atención directa a sus visitantes en Cali para convertirla en la cabeza institucional de un sistema departamental completo. Entre sus espacios más singulares está la Sala Helen Keller, dedicada específicamente a la inclusión de personas con discapacidad visual y auditiva, y la Hemeroteca, que resguarda periódicos y revistas de gran valor histórico para la memoria regional, aunque —según han señalado sus propios directivos— con inconsistencias administrativas que todavía deben resolverse, como el hecho de que su consulta digital dependa de una plataforma externa a la propia Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero.
Ese rol de coordinación departamental implica responsabilidades que van más allá de la atención bibliotecaria tradicional: supervisar estándares de servicio, distribuir recursos y coordinar programación cultural en decenas de bibliotecas municipales distribuidas por todo el territorio del Valle del Cauca, muchas de ellas en municipios con recursos considerablemente más limitados que los de la capital departamental. Esa función de cabeza de red rara vez se menciona cuando se habla del edificio del centro de Cali, pero es, en la práctica, una de sus responsabilidades más importantes.
La programación cultural de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero es notablemente activa para una institución pública de este tipo: clubes de lectura temáticos, talleres de robótica, semilleros de ajedrez, clubes de tejido y bordado, laboratorios creativos para mujeres, lecturas de poesía en voz alta e incluso espacios de conversación tan poco convencionales para una biblioteca como un "Death Café" dedicado a acompañar el duelo por mascotas fallecidas. Esa amplitud de propuestas, sostenida año tras año, ha llevado a algunos de sus propios directores a lamentar públicamente que, pese a toda esa oferta, todavía existan caleños de toda la vida que jamás han pisado sus instalaciones, sin saber que tienen acceso gratuito a una de las bibliotecas patrimoniales más importantes del país.
Esa brecha entre la riqueza de la oferta cultural y el desconocimiento de buena parte de la ciudadanía es, quizás, otra forma de la misma paradoja que atraviesa toda la historia de la institución: así como el nombre en la fachada oculta parcialmente el papel real de quien la fundó, la magnitud de la programación cultural actual de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali permanece invisible para miles de personas que nunca han cruzado su puerta principal, pese a vivir a pocas cuadras de distancia.
Setenta años después de aquella donación de siete mil libros heredados, la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero Cali sigue creciendo bajo el nombre de un hombre que nunca llegó a conocerla, sostenida por el legado silencioso de un hijo que decidió que una colección privada de libros merecía convertirse en un bien de todos. Esa es, quizás, la lección más duradera que deja esta historia: a veces el nombre que la posteridad recuerda no es necesariamente el de quien más trabajó para hacer algo realidad.
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