
En 2027, el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali cumplirá cien años exactos desde la noche en que se inauguró con una función de ópera que marcó a toda una generación de caleños. Ese aniversario, cada vez más cercano, ha puesto en marcha uno de los proyectos de restauración cultural más ambiciosos que ha visto la ciudad en las últimas décadas: una intervención integral de 36.000 millones de pesos que busca devolverle al edificio su esplendor original sin renunciar a la tecnología escénica del siglo veintiuno. Entender la historia completa del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali —desde el incendio que lo hizo necesario hasta la restauración que lo prepara para su segundo siglo— es la mejor forma de dimensionar por qué este edificio sigue siendo, casi cien años después, la joya cultural más importante de la ciudad.
Pocos edificios en Cali concentran tantas capas de historia superpuestas como este: una emergencia urbana que obligó a construirlo, una lotería municipal que lo financió, casi un siglo de grandes figuras internacionales sobre su tarima, dos restauraciones separadas por más de setenta años entre sí, y ahora una carrera contra el tiempo para que esté listo justo a tiempo para celebrar su propio centenario. Repasar esa cronología completa, paso a paso, ayuda a entender por qué la ciudad ha decidido invertir una cifra tan considerable en un solo edificio, por más patrimonial que sea.
La historia del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali empieza, paradójicamente, con la destrucción de otro teatro. A comienzos del siglo veinte, un incendio consumió por completo el Teatro Borrero, ubicado sobre la Carrera 4 entre calles 10 y 11, dejando a la ciudad sin un escenario de artes escénicas a la altura de sus aspiraciones culturales. Fue Manuel María "Chato" Buenaventura —empresario, político, historiador y gestor cívico caleño— quien entendió que Cali necesitaba, con urgencia, un espacio artístico de talla internacional que reemplazara lo que el fuego se había llevado.
Ese tipo de pérdida, la de un teatro consumido por las llamas, no era un hecho aislado en la Colombia de comienzos del siglo veinte: la madera, los textiles y la iluminación de gas o vela que predominaban en los teatros de la época los convertían en estructuras especialmente vulnerables al fuego. Lo que distinguió a Cali de otras ciudades que sufrieron pérdidas similares fue la rapidez y la determinación con la que un solo ciudadano decidió liderar la respuesta, en lugar de resignarse a quedar sin un espacio cultural de esa magnitud.
El proyecto, sin embargo, no fue sencillo de financiar. El Concejo Municipal se negó en un primer momento a aprobar el presupuesto necesario, considerando excesivo el costo de un teatro de esa envergadura para una ciudad que todavía no tenía el tamaño ni el músculo económico que tendría décadas después. La solución que encontró Buenaventura fue tan ingeniosa como reveladora del ingenio administrativo de la época: crear una lotería municipal específica, cuyas ganancias se destinarían exclusivamente a financiar la construcción del nuevo teatro. Ese modelo de financiación mediante juegos de azar administrados por el propio municipio, aunque hoy resulte poco convencional, era una práctica relativamente común en distintas ciudades latinoamericanas de la época para financiar obras públicas de gran envergadura sin recurrir directamente a impuestos adicionales. Gracias a ese mecanismo, el 9 de abril de 1918 se colocó la primera piedra del edificio que hoy conocemos como el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali.
Casi una década después de esa primera piedra, el 30 de noviembre de 1927, el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali abrió finalmente sus puertas al público caleño, con una función de gala que puso a prueba, desde la primera noche, la ambición artística del proyecto: "El Trovador" de Giuseppe Verdi, interpretada por la reconocida Compañía de Ópera Bracale. La elección de una ópera de ese calibre para la noche inaugural no fue casual: buscaba establecer, desde el primer minuto, un estándar de calidad artística que el teatro debería sostener durante las décadas siguientes.
El edificio se construyó siguiendo un estilo clásico italiano con influencias de la arquitectura republicana, adornado con obras de artistas nacionales e internacionales que, con el tiempo, se fueron sumando a su decoración original. En 1937, una década después de la inauguración, el pintor payanés Efraín Martínez fue encargado de decorar el foyer del teatro, inspirándose en la novela "María" de Jorge Isaacs y en la triple manifestación del sol como motivo simbólico, un aporte artístico que complementó la arquitectura clásica con elementos propios de la identidad literaria y cultural colombiana. El plafón de la sala principal, por su parte, fue pintado por Mauricio Ramelli, un muralista de origen italiano radicado en Colombia, cuyo trabajo sigue siendo hoy uno de los elementos más fotografiados del interior del teatro.
La sala principal del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali tiene capacidad para poco más de mil espectadores —las cifras oficiales oscilan entre 1.018 y 1.039 según la fuente—, distribuidos en cinco niveles con nombres propios: la Luneta, situada al nivel más bajo, seguida del Palco de Primera y el Palco de Segunda, y en los niveles superiores el Anfiteatro y la Galería. El escenario, con una boca de 7,30 metros de ancho, 11,20 metros de fondo y 5 metros de altura, incluye un foso para la orquesta, un subescenario, un plano inclinado y levadizo, y un sistema de contrapesos que en su momento representó una solución técnica de vanguardia para el montaje de producciones de gran escala.
A lo largo de casi un siglo de historia, el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali se convirtió en el escenario obligado de figuras artísticas reconocidas mundialmente. Por su tarima han pasado nombres como el cantante español Raphael, la folclorista colombiana Totó la Momposina, el guitarrista y cantante Diego "El Cigala" y la compañía internacional Teatro Negro de Praga, entre muchos otros artistas que eligieron este escenario para presentarse ante el público vallecaucano. El teatro también ha sido sede habitual de festivales de gran formato, como el Festival Internacional de Ballet y el Festival Internacional de Teatro, consolidando su papel como epicentro de las artes escénicas en el suroccidente colombiano.
Que artistas de ese calibre internacional eligieran presentarse específicamente en Cali, y no únicamente en Bogotá o Medellín como suele ocurrir con las giras latinoamericanas de figuras extranjeras, dice bastante sobre el prestigio que el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali logró consolidar dentro de los circuitos artísticos internacionales a lo largo de las décadas. Ese prestigio no se construyó de la noche a la mañana, sino a través de generaciones sucesivas de gestores culturales, músicos locales y públicos fieles que sostuvieron la reputación del escenario incluso en las épocas más difíciles para la inversión pública en cultura.
Ese prestigio artístico se sostuvo, en parte, gracias a detalles de lujo que pocos escenarios latinoamericanos de su época podían igualar: la silletería original del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali fue importada desde Austria, y sus cortinas llegaron directamente desde París, dos elementos que reforzaban la ambición internacional con la que se concibió el proyecto desde el principio. En 1953, el teatro recibió su primera gran remodelación, reabriendo al público al año siguiente con mejoras que buscaban actualizar sus instalaciones sin comprometer su identidad arquitectónica original. En el marco de la celebración de los 450 años de fundación de Cali también se adelantaron obras de ensanche que ampliaron la capacidad y los espacios complementarios del edificio, incluyendo el Teatrino, una sala más pequeña con capacidad para 206 personas, inaugurada como parte de las ampliaciones de 1987 para presentaciones de formato más íntimo.
Para el año 2008, el paso del tiempo y la humedad habían dejado huellas serias en la estructura del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali. La Universidad del Valle realizó ese año un estudio detallado sobre el deterioro del edificio, resultado del cual el Ministerio de Cultura autorizó, en junio de 2009, un proyecto de restauración que inició al mes siguiente. Esa autorización ministerial era un paso obligatorio: desde 1982, el teatro ostenta la declaratoria de Monumento Nacional, un estatus que protege legalmente su valor histórico y arquitectónico, pero que también exige permisos especiales para cualquier intervención sobre su estructura original.
Esa restauración de 2009 resolvió los problemas más urgentes de conservación, pero no fue, ni pretendió ser, una modernización tecnológica completa del edificio. Quince años después, con el teatro acercándose a su primer siglo de existencia, la ciudad decidió emprender una intervención mucho más ambiciosa, pensada no solo para conservar el pasado sino para proyectar el futuro del escenario hacia las próximas décadas.
En marzo de 2026, el alcalde de Cali, Alejandro Eder, confirmó que la segunda gran restauración integral del Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali comenzará en el segundo semestre de ese mismo año, como parte de la estrategia municipal "Invertir para Crecer". La inversión, que supera los 36.000 millones de pesos, contempla intervenciones en espacios clave como la sala principal, el escenario, el salón de ensayos y el foyer, con un enfoque que combina la preservación patrimonial, el reforzamiento estructural, la modernización tecnológica y el mejoramiento general de las condiciones técnicas del recinto.
El arquitecto Max Ojeda, encargado de liderar los estudios y diseños de la intervención, ha explicado que el objetivo no es solamente restaurar lo que ya existe, sino proyectar al Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali como uno de los escenarios más modernos de Colombia, capaz de competir en infraestructura técnica con los principales teatros del país sin renunciar a la fidelidad de su diseño original de estilo neoclásico italiano. Jaime Andrés Tenorio Tascón, director del teatro, ha calificado el proyecto como una oportunidad para entregarle a la ciudad un escenario moderno, seguro y en condiciones óptimas para las próximas generaciones de artistas y espectadores.
Antes del inicio de esas obras, el teatro abrió sus puertas durante 2025 y comienzos de 2026 con un programa de visitas guiadas de 40 minutos, pensado explícitamente para que caleños y turistas pudieran conocer a fondo el edificio antes de su cierre temporal por restauración. Esas visitas, con un valor de 10.000 pesos —8.000 para estudiantes con carné vigente—, permitieron a los visitantes recorrer los espacios más representativos del teatro, conocer anécdotas de grandes producciones y descubrir detalles arquitectónicos que rara vez se aprecian durante una función convencional. La programación cultural, mientras tanto, se mantuvo activa: en febrero de 2026, por ejemplo, el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali recibió a la Compañía Colombiana de Danza Contemporánea de Incolballet, con el regreso de la coreografía "La Cura" del creador cubano Julio César Iglesias Ungo, ausente del escenario desde 2018.
Cuando termine la restauración, prevista para coincidir con la celebración del centenario en 2027, el Teatro Municipal Enrique Buenaventura Cali habrá completado un ciclo que empezó con un incendio, una lotería municipal y la terquedad de un solo hombre convencido de que la ciudad merecía un templo para las artes escénicas. Cien años después, ese templo se prepara para renacer, con la misma ambición con la que nació, pero con la tecnología que su primer siglo de historia todavía no podía imaginar. Para los caleños que lo han visto cerrar y reabrir ya dos veces a lo largo de su historia, esta tercera gran transformación representa, sobre todo, la posibilidad de que sus hijos y nietos puedan seguir sentándose en la misma Luneta, bajo el mismo plafón pintado por Ramelli, durante al menos otro siglo más.
📍 Carrera 5 #6-64, Centro Histórico